La disciplina es un jardín de las leyes que las familias visitan los domingos.
Michel Foucault

Entenderemos como disciplina corporal aquel conjunto de técnicas que nos permiten conseguir ciertas habilidades. A través de la mecanización o automatización de ciertos gestos conseguimos nuevas habilidades. La práctica de una disciplina tiene una parte técnica y tiene una parte mágica. A través del entrenamiento sistemático conseguimos interiorizar procesos de tal manera que los sentimos como propios y naturales. Este entrenamiento implica la “ritualización” o “sacralización” de ciertos de movimientos con el fin de que nos resulten creíbles, propios y eficaces. Cierta ceremonialidad ayuda a convertir el movimiento técnico en algo eficaz. De ahí el carácter a la vez útil y mágico de las disciplinas corporales. Es a través de la repetición sistemática como conseguimos superar dificultades y alcanzar nuevas habilidades.

 
Para conseguir resultados hay que plantear la disciplina corporal como un juego pautado. Jugar no tiene una utilidad inmediata, no tiene un objetivo útil, pero justamente sin la presión de la utilidad es como conseguimos superar la dificultad y ser habilidosos. Para adquirir y automatizar disciplinas corporales hay que saber tomar cierta distancia respecto a la utilidad o eficacia de la técnica.

 
Sugiero a los cocineros que lean este párrafo pensando en sus habilidades para cuajar una salsa o aderezar un cocido, a los deportistas y sus habilidades para saltar vallas o alcanzar cierta velocidad controlando la posición del cuerpo, o a todas las personas que han aprendido a manejar un teclado en una pantalla táctil.

 
La disciplina nos permite ejercer el auto-control y nos permite conseguir alguna superioridad en algún aspecto de nuestras vidas. El dominio de ciertas habilidades nos aporta seguridad personal. Resultamos más útiles y más eficaces.

 
Todas las sociedades disponen de dispositivos o sistemas de entrenamiento para conseguir técnicas corporales con objetivos diversos. La construcción de nuestra identidad personal consiste en el aprendizaje de un conjunto de técnicas de dramatización sobre quienes somos o, más bien, quienes queremos ser. Aprendemos reglas ceremoniales para ocultar, para mantener el control expresivo, para seducir, disciplinas en la etiqueta del comportamiento social, normas de lealtad respecto a lo que se puede y no se puede decir… Se ha dicho que tiene más sentido una historia de las técnicas de construcción del género que no una historia del pensamiento o de los hechos históricos.

 
Creo que, en nuestros días, no es posible hablar de disciplina sin tener en cuenta la aportación de Michel Foucault a este respecto. En “Vigilar y castigar” Foucault nos explica como la Modernidad desarrolla y expande las técnicas disciplinarias. La Modernidad se inaugura con el sufragio universal y los derechos del hombre, pero también con la extensión generalizada de la disciplina y los sistemas de vigilancia. En la “Historia de la sexualidad” Foucault nos explica como en el siglo XVIII el sexo se convierte en la matriz para explicar y clasificar los comportamientos. Foucault se pregunta como es posible que una sociedad que ha desarrollado tantos avances tecnológicos vea en la interrogación en el sexo la clave para explicar la condición humana. El Estado moderno se preocupa de vigilar la vida sexual, familiar y reproductiva de los ciudadanos. La reproducción social es una cuestión de Estado. Los trastornos de los locos o los desviados se explican desde la lógica sexual, los excesos en las fantasías de las mujeres “histéricas” se explican desde su incapacidad de gestionar su “condición femenina”. También la homosexualidad se convierte en una cuestión que el Estado debe vigilar. La escolarización de los niños y la educación infantil se preocupa de proteger la inocencia de los niños, también en relación a su actividad sexual. El sexo se convierte en el saber que permite explicar, ordenar y vigilar la vida social.

 
Creo que una de las claves para entender la importancia de Foucault en nuestros días, y su idea del biopoder, es el hecho de que el sometimiento y la adquisición de disciplinas corporales debe entenderse como una opción personal y voluntaria. “La disciplina es un jardín de las leyes que las familias visitan los domingos”. Desarrollamos ciertas técnicas para expresar nuestra identidad de género, en el mirar y en el dejarse ver. Aprendemos a gestionar lo impropio ocultando y tergiversando con el fin de mostrar una identidad personal consistente. Sabemos que los niños no tienen lealtad dramática y nos preocupamos de comunicarnos con ellos con el fin de preservar su inocencia. Aprendemos a ser masculinos y femeninos modulando nuestros gestos. Mirar, hablar, andar, bailar… nuestra expresividad es el resultado de un entrenamiento.

 
En definitiva aprendemos a corporalizar disciplinas para mostrar nuestra identidad. Y lo hacemos en la escuela, en el museo, en la mesa, en la cama… Nos vigilamos los unos a los otros y advertimos a aquellos que no cumplen las normas apelando al espíritu del buen ciudadano.

 
La mayoría de manuales de auto-ayuda hacen referencia a la salud y a la vida sexual y tienen a las mujeres como especial centro de atención. Los kioscos están repletos de revistas al respecto de estos temas y la televisión generalista plantea programas y debates sobre como gestionar una vida amorosa y familiar saludable.
Comer bien es principalmente una cuestión de auto-control. Vigilar las rutinas, vigilar la dieta, disciplinarse en el ejercicio diario de deporte. Los retos en relación a la vida sexual acostumbran a tener que ver con la vida en pareja y el dilema principal es afirmar una identidad femenina autónoma y segura y conciliarlo con una vida conyugal estable y estimulante. Deshacerse de una lógica machista de dominación y a la vez resultar atractiva y seductora. Parece ser que este es el dilema.

 
Y evidentemente la solución pasa por el juego, por la gamificación de nuestras vidas. Jugar a ser sexy no es aceptar las lógicas de la sociedad patriarcal. Sólo se trata de un juego. Hacer régimen no es plantear un modo de vida alternativo. Tan sólo se trata de un juego. Podemos hablar muy bien en público si nos lo tomamos como un juego.
En general todos los tutoriales se expresan en esta dirección. No pasa nada, tan sólo es un juego. No va exactamente contigo. No tiene que ver con tus opciones sociales o políticas, tan sólo es un juego. El buen jugador es el que sabe desentenderse de las implicaciones que tienen los actos para conseguir ser más hábil. Es el que sabe llevar su identidad al terreno de la fantasía para situarse en otro yo y poder jugar “desimplicado”. Los niños consiguen ser más eficaces o resolutivos en el juego porqué consiguen deshacerse de la presión del fracaso y sus implicaciones. Porqué tan sólo se trata de aprender una técnica, un juego.

 
Vivimos obsesionados en plantear nuestra vida en una lógica productiva. Nos levantamos y lo primero que hacemos, antes de ducharnos o lavarnos la cara, es encender el ordenador o el móvil para ver como andamos en las redes sociales o en las conversaciones de correo electrónico. El resto del día lo pasaremos en un enjambre de aprendizajes de técnicas y tutoriales que regulan nuestra identidad, nuestra performatividad, nuestras interacciones personales. Lo último que haremos antes de volver a la cama será echar un último vistazo a nuestra productividad virtual.

 
Marc Liminal