Por Luis Miguel Ortego

El mito de la velocidad es un tema recurrente en la humanidad, e independiente, en su origen, del automóvil. En todos los lugares del mundo los niños hacen carreras corriendo, a caballo o deslizándose por cualquier medio en la cuesta abajo más próxima.
Durante el siglo XIX, el tren y la motocicleta anticiparon la velocidad mediante la máquina, pero sólo el automóvil, a partir de 1885, parecía prometer movilidad individual independiente y confortable. Pero por su exclusividad y precio, el automóvil fue durante décadas un juguete de aristócratas y adinerados, que desde el principio tuvieron claro lo que había que hacer con él: carreras. Por eso el automóvil en su inicio causó más impresión entre la intelectualidad que entre el pueblo más humilde, porque era un artículo al alcance de muy pocos, y sólo a partir de los años 20 comenzó a ser un objeto popularizado. De modo que durante las tres primeras décadas de su existencia el automóvil desarrolló más una mitología que un folclore. Los futuristas encumbraron al automóvil como icono de una época, y los arquitectos soñaron ciudades imposibles. Era la época de la velocidad mitológica, de las carreras en carretera abierta, de los coches con forma de proyectil y la época en la que todo el mundo creía que el futuro más optimista ya había llegado.

Pero después de la Segunda Guerra Mundial, cuando la industria se estandarizó y la reconstrucción de los países se hizo al rebufo de unos exuberantes Estados Unidos, el automóvil se democratizó e hizo accesible a cualquier familia de clase media. Esta ampliación del mercado dio lugar a toda una producción cultural en torno a la publicidad, el diseño y la difusión que puede considerarse el origen de nuestra moderna cultura del automóvil. Juventud, velocidad y música (un trinomio que hundía sus raíces en la Gran Depresión) se convirtió en estandarte de los años centrales del siglo. En un mundo en el que parecía que el petróleo era ilimitado y las ciudades podían crecer sin límites. El mundo era el mundo del automóvil.

Sin embargo, la crisis del petróleo de los años ’70, precedida de la contracultura de los ’60, contribuyó a que el matrimonio automóvil – velocidad comenzase una crisis en la que aún se encuentra. Conceptos como eficiencia, tamaño, sostenibilidad, o diseño fueron haciéndose prioritarios frente a los de velocidad o rendimiento. No tenía sentido ir más rápido en las ciudades más atascadas. No tenían sentido los diseños más afilados cuando uno va tan despacio, y se comenzó a primar el espacio interior. La velocidad, por otra parte, fue encontrando otros vehículos para transportar su mensaje, pero ya no en el plano físico. Velocidad de desarrollo, Velocidad de comunicación, Velocidad en el acceso a la información… la velocidad es hoy en día un concepto temporal más que espacial. Por eso el automóvil ha debido encontrar otros caminos que seguir, y ahí se ha encontrado con el diseño y la conectividad.

En este proceso, los rasgos femeninos en la cultura del automóvil han crecido hasta convertirse en una tendencia global, quizá al ser desposeído, en términos generales, de las connotaciones de competitividad y rapidez, y más bien asociado a las de sostenibilidad e integración con el medio.